El duelo también llega clasificado
Qué se está probando aquí
Stuart Hall propone un cambio de definición que parece menor y no lo es. En la visión antigua, representar es reflejar: una imagen es fiel o es distorsionada respecto de un hecho que ya existía antes que ella. Hall sostiene lo contrario. La representación no refleja el significado: lo produce. La imagen no trae el sentido adentro; el sentido lo pone quien mira, con los mapas conceptuales que su cultura le entregó, esos marcos de inteligibilidad sin los cuales el mundo sería ilegible.
De ahí se desprende un método, que él llama interrogar la imagen. En vez de preguntar si una representación es exacta, hay que preguntar qué operación hizo para que a alguien le resultara evidente. Sut Jhally, que presenta esa conferencia en la edición de la Media Education Foundation, lo ilustra con una frase de Marshall McLuhan: nadie sabe quién descubrió el agua, pero con seguridad no fue el pez. Vivimos dentro de las imágenes como el pez dentro del agua, dice Jhally, y de lo que se trata es de salir un momento a mirarla.
Lo que sigue es un intento de aplicarme ese método a mí misma. Tomo una imagen que leí hace veinticuatro años, en circunstancias que no elegí, y trato de reconstruir con qué mapas la leí y qué dejaron fuera esos mapas. No es una investigación. Es un caso, uno solo, y quien lo examina es la misma persona que lo protagonizó: dos límites que prefiero declarar antes que disimular. Lo que un caso así sí puede mostrar es justamente lo que las muestras grandes esconden — si el mecanismo sigue operando sobre alguien que ya lo estudió.
La portada
Cuando los aviones entraron en las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, yo estaba a unas veinte cuadras. A la mañana siguiente vi la portada de El Mercurio —"Aterrador ataque a EE.UU." sobre las torres ardiendo— y no me pareció una interpretación de lo ocurrido. Me pareció lo ocurrido.
Esa sensación de evidencia, la de estar frente al hecho y no frente a una versión del hecho, es exactamente lo que Hall pide interrogar. Lo que sigue no es un intento de contar las torres. Es un intento de interrogar el sentido que yo les di.
El mapa que tenía a mano
Fue instantáneo y binario: asesinos e inocentes. Hall insiste en que clasificamos antes de comprender, y en que esas categorías no son naturales sino aprendidas. La mía metió el atentado en la casilla del terror contra la inocencia sin detenerse un segundo. Y la uniformidad casi total de la cobertura —prácticamente todos los medios contaron la misma historia— hizo que esa lectura pareciera inevitable en vez de construida.
Robert Entman demostró después que la uniformidad no fue casual. Estudiando precisamente la cobertura posterior al atentado, describió cómo un encuadre desciende en cascada: nace en la cúspide del poder político, pasa por las élites que podrían discutirlo, llega a los medios y desde ahí al público. En cada peldaño hay una oportunidad de contradecirlo. Cuando ninguna se toma, la versión oficial deja de parecer una versión. El encuadre de la Casa Blanca —"acto de guerra", enemigo "malvado"— bajó por esa cascada sin encontrar resistencia y dejó sin espacio a cualquier lectura que compitiera con él. Los medios no lo impusieron: lo distribuyeron.
Mi cercanía física al humo solo soldó el marco con más fuerza. El dolor era real. Lo que Hall permite agregar es que el dolor no esquivó la interpretación. La organizó.
La segunda fecha
Hall dice algo más incómodo todavía: frente a una imagen nunca estamos neutrales, porque tenemos una inversión en el significado que se está extrayendo de ella. La mía era doble.
Como alguien que estaba ahí, me identifiqué por completo con las víctimas. Esa identificación es lo que hace que un significado se registre en el cuerpo en lugar de quedarse en lo abstracto. No entendí el atentado: lo sentí, y creí que sentirlo era entenderlo.
Pero como chilena, la fecha me abrió otro mapa. El once de septiembre es también el día del golpe de 1973. Por un momento leí la coincidencia como algo más que una coincidencia: dos derrumbes, un duelo montado sobre otro, la misma cifra en el calendario sirviendo para dos memorias que no tienen nada que ver entre sí salvo en mi cabeza.
Esa asociación no aparece en ninguna parte de esa portada. Es lo que Hall llama el trabajo de la ausencia: toda imagen se lee, en parte, contra lo que no está en ella. Mi propia historia puso ahí una presencia que la fotografía nunca mostró. Por eso esa página me retuvo, en vez de pasar de largo como pasaron tantas otras.
La contradicción que no quiero resolver
Hall sostiene que el significado es, al final, interpretación, y que la disputa por él nunca se cierra del todo. Lo que descubrí leyéndolo es que esa disputa no corre solamente entre las personas. Corre dentro de una.
Trabajo en comunicaciones y sostengo, con evidencia, que el encuadre confrontacional escala los conflictos en lugar de resolverlos. Lo he escrito y lo he defendido en mesas donde no era cómodo hacerlo. Y sin embargo, puesta frente a 2001 y frente a 1973, no quiero solamente reconciliación. Quiero que se nombre a los responsables.
Sostengo las dos cosas a la vez: el compromiso con la paz y la negativa a que una atrocidad se disuelva en un "todos sufrimos" que no le exige nada a nadie. Esa fórmula tiene una elegancia peligrosa. Reparte el dolor en partes iguales, deja a todos algo consolados y a nadie obligado, y suele aparecer justo cuando alguien tendría que responder por algo. Suena contradictorio querer las dos cosas. Hall diría que mi mapa nunca fue liso. La contradicción es la lectura honesta, no una falla que haya que ordenar antes de mostrarla.
¿Importa quién es la víctima?
Importa. Y mi propia reacción demuestra exactamente el mecanismo del que suelo advertir a otros.
Mi simpatía se movió según quién quedara puesto en cada papel. La teoría de las imágenes de enemigo describe ese reparto con precisión: son metáforas, encuadres y relatos que deslegitiman a un grupo con un fin político, y su mecanismo central es borrar al individuo. Mientras el otro sea una categoría, la empatía no tiene dónde posarse. Saber todo eso no apagó mi respuesta. Ninguna de las dos veces. La conocía y funcionó igual.
Ahí está lo que me quedó de Hall. Conocer el mecanismo no otorga inmunidad. Hall recuerda que no hay garantía de que un encuadre quede fijo para siempre, pero tampoco hay escapatoria del hecho de que uno siempre llega con alguno puesto. Nadie mira desde ninguna parte.
Lo que su conferencia termina pidiéndome no es que deje de sentir que el atentado fue terrible. Lo fue. Es que reconozca que incluso mi duelo llegó preclasificado, y que mantenga el marco abierto en vez de dejar que el poder, o el dolor, lo cierren en silencio.